De por qué Lila no parece asiático y otras preguntas sobre este restaurante

El restaurante Lila está ubicado en la calle Paseo de los Locutores, cercano a la intersección con la Federico Geraldino en Piantini. Los comensales que le frecuentan se han acostumbrado a no intentar ubicar su letrero, porque no tiene —es uno de esos lugares donde no se cae al azar, sino que el visitante debe saber con antelación qué está detrás de la puerta—. Aquellos que van en busca de su promesa gastronómica, cocina asiática moderna, también se podrían confundir al entrar y ver una propuesta interiorista que poco tiene que ver con los indicadores normales de la inspiración proveniente de China, Japón y el sudeste del continente. Aparte, el espacio es enorme, con un entrepiso que supera cualquier atrevimiento previo en la hostelería local; más que un restaurante, podría ser el territorio de una catedral.

¿Por qué Lila parece haber ido, en materia de diseño, en contra de todo lo que el gremio de los restauradores había establecido durante este período de bonanza gastronómica en Santo Domingo? Porque, en realidad, todo tiene sentido. Para explicarlo, uno de sus propietarios, Daniel Fernández, y las dos interioristas al mando del proyecto, Gabriela Hernández y Coral Chávez de Estudio GC, responden estas preguntas.

¿Por qué Lila no tiene letrero?

Fernández y sus socios —Eric Heinsen y Teófilo Haché— decidieron no tener un letrero con nombre para el local. En vez de eso, apostaron a la fortaleza comunicativa de un isotipo: la extracción del interior de tres arcos rebajados, el elemento que compone la imponente fachada del restaurante, en un proyecto ejecutado por la arquitecta Lucía Freites. Esta idea llegó antes que el menú y el interior, pues los socios —fanáticos de la arquitectura— soñaban con una entrada de ese tipo. No fue hasta que compartieron los renders con un arquitecto que este les indicó que, sin darse cuenta, habían hecho un homenaje a uno de los edificios más emblemáticos del entretenimiento en las Américas: el Lincoln Center de Nueva York, construido en 1956. “Creemos mucho en el poder de la arquitectura, y queríamos un edificio con este tipo de arcos porque sentíamos que eso le podía aportar visualmente a la ciudad,” explicó Fernández. “A uno como ciudadano se le van quedando los detalles que ve, y van saliendo de forma inesperada. Por ejemplo, aunque subconscientemente haya salido una referencia al Lincoln Center, la inspiración inicial fue en realidad la Basílica de Higüey. Pero todo eso es parte de la educación de diseño que adquirimos mientras pasamos entre edificios en nuestra vida diaria”.

Pero, entonces, ¿por qué Lila sí tiene el nombre en la imagen de perfil en la cuenta de Instagram y no en el restaurante en sí? “Es una estrategia para buscar que el boca en boca corra más rápido”, afirmó Fernández. “La sensación es diferente cuando la gente tiene que saber que eso está ahí; uno lo valora más si se entera por otra persona. Por eso no ponemos letreros en nuestros restaurantes, como es el caso de nuestro proyecto previo, Laurel”.

¿Por qué el techo es tan alto?

Entre el piso y el techo de Lila hay ocho metros de distancia. Al entrar al restaurante hay que darle tiempo al aliento para que recorra todo el espacio vertical y vuelva a entrar al cuerpo, porque definitivamente lo quita. ¿Por qué tal generosidad, algo tan poco común en restaurantes locales? “Porque por lo general en Santo Domingo los restaurantes se hacen en estructuras viejas remodeladas… pero nosotros construimos esto desde cero”, explicó Fernández. “Es que hay que entender que el diseño es el 50 por ciento del negocio de un restaurante: si inviertes en una estructura nueva y vienen amigos tuyos de fuera y quedan impresionados, ya valió la pena. Si Lila se convierte en el lugar a donde puedes llevar a visitantes extranjeros con orgullo, ya valió la pena”. Cuando Lila abrió, de hecho, la retroalimentación que escucharon con más frecuencia de parte de los visitantes locales era “sentí que cogí un avión”, una referencia a cómo el restaurante estaba a la altura de lo que habían visto en otros países.

¿Por qué es tan importante para él el que un visitante foráneo quede impresionado? “Porque somos una ciudad gastronómica, donde se come muy bien, pero en realidad no la somos, porque todavía no tenemos el turismo gastronómico que podríamos tener”, afirmó el empresario. “Solo tenemos el turismo de cruceros o de resorts que se pasan unas horas en la Ciudad Colonial, porque tampoco tenemos el turismo de convenciones. Si en el Polígono Central apostamos a crear experiencias gastronómicas innovadoras, con edificaciones que impresionen, entonces estaríamos aportando a la creación de ese tipo de turismo de ciudad”.

¿Por qué no parece un restaurante asiático?

Según la experiencia de Fernández y sus socios con el mercado local, los restaurantes temáticos no se convierten en restaurantes de cabecera, esos con alta frecuencia de visita. “No todo el mundo quiere comer comida japonesa o china o mexicana tres veces por semana,” explicó el socio. “En República Dominicana, la comida de confort es estadounidense y luego italiana. Se come comida de la India o de México o de Corea solo una o dos veces al mes, por lo general”.

Por eso, aunque Fernández, Heinsen y Haché querían probar las aguas con una versión fusionada de la cocina asiática, sabían que necesitaban una red de seguridad para su experimento. Ahí entró el diseño de interiores, a cargo de Estudio GC. “En vez de irnos por lo esperado, decidimos explorar la materialidad de la cocina asiática: desde los tonos de colores de los pescados hasta las texturas y la frescura de muchos de sus ingredientes”, explicó Hernández. “No era llevar la estética de una región a la decoración, sino llevar lo que está en el plato a las paredes. Por eso, cada vez que veo el cuadro central de Gustavo Peña, hecho con los restos de pintura de su espátula, pienso en una de las pizzas del menú inicial. Yo recuerdo mirar ese plato y haber pensado que me estaba comiendo el cuadro”.

De ahí que el restaurante haga tanto hincapié en dejar que hable la belleza de los “ingredientes” naturales: la madera y las piedras de las mesas, el mármol del bar, el hilo de los tapices del taller mexicano Caralarga o las fibras de palma de los enormes paneles de patrón hexagonal hechos por artesanas de Santiago Rodríguez para el proyecto local Los Tejedores. El resultado es un espacio que se siente cohesivo pero no abrumador, neutro sin ser impersonal.

Y precisamente eso querían aprovechar los socios: tener un lienzo neutro que les permitiera recalibrar en caso de que fuese necesario cambiar el menú. Y lo fue: aunque el público apreció la carta innovadora de Lila, con sus inserciones asiáticas inesperadas, seguía añorando los clásicos de confort que tanto busca en los restaurantes locales. Por eso, hace unas semanas, Lila presentó un nuevo menú, con los favoritos de corte asiático unidos ahora a más opciones internacionales, como hamburguesas, pastas y emparedados; también cambió su lema a “Modern Cuisine”. Al invertir en un diseño atractivo sin ser temático, pudieron tomar esa decisión de negocios sin necesidad de hacer cambio físico alguno.

¿Por qué tiene tantas disposiciones distintas de sillas y mesas?

Lila tiene 230 sillas, con un salón privado adicional. Al principio, las interioristas habían optado por una disposición enfocada en la privacidad, con una línea divisoria en el centro de la nave principal que colocaba a los comensales de espaldas. “Pero luego Daniel y Teo nos dieron un dato importante: aquí la gente va a los restaurantes para ver y ser vistas”, recordó Chávez. Con eso cambió la disposición de las sillas: ahora, no importa en qué lugar del amplio espacio se sienten los comensales, cuentan con una vista completa del restaurante. Con esa libertad de colocación, también se dieron el lujo de combinar materiales: por eso, no todas las sillas y mesas son iguales, ni tienen una cantidad estándar de asientos por unidad —precisamente para lograr ese truco visual.

¿Qué función tiene la pequeña sala-biblioteca de la entrada?

Al entrar al restaurante, a mano derecha hay una pequeña sala con una estantería con libros y esculturas, una mesa ratona y varios tipos de asientos. En teoría, debe servir como zona de espera para los comensales con reservación. ¿En la práctica? “¿Qué sería de un restaurante hoy sin un espacio que fotografíe muy bien en Instagram?”, indicaron riendo las interioristas. “Ese es el lugar más instagrameado de todo el restaurante, y es algo que ayuda a correr la voz”. En otras palabras: como ya lo saben Hernández, Chávez y sus clientes de Lila, invertir en buen diseño de interiores es invertir en buen mercadeo.

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